Se requiere Flash Player 8

Su Tierra Natal

La leyenda del nombre de la ciudad.
 
Los comienzos de Jairo como cantante: primero en el colegio vestido de charro mejicano, luego como miembro del grupo de rock´n roll The Twisters Boys, y finalmente la adopción del nombre “Marito González” en los programas concurso de los medios de diffusion cordobeses.

El reducido grupo de conquistadores españoles se aventuró en el valle habitado desde tiempos inmemoriales por los Comechingones. Simultáneamente, en las cercanías del barranco que bordeaba el río, una comunidad de aborígenes se desplazaba de Norte a Sur. Ambos contingentes denotaban sufrimiento y no era esa la única coincidencia: los hombres tenían los rostros barbados y los guiaba la búsqueda afanosa de un lugar en donde establecerse. Aquel páramo era sin duda el ideal, pero la fatalidad hizo que llegaran al mismo tiempo, lo que desencadenó la disputa por su posesión.

Según la leyenda, fue entonces que el capitán Tristán de Allende y el cacique Olayón decidieron batirse en un auténtico combate de jefes para dirimir la contienda y evitar de ese modo otras muertes.
Bajo un sol implacable y ante la atónita mirada de indios y uniformados los dos hombres pelearon con fiereza hasta caer unidos por un abrazo mortal. En el instante del desenlace el cielo se abrió en dos provocando una lluvia que no se repetiría en siglos. Los enmudecidos testigos de la demostración de coraje sólo atinaron a separar los cuerpos fundidos en el barro. Los españoles cargaron el del moribundo capitán en una carreta, su única pertenencia, y en silencio cruzaron el río. 

Al amanecer del día siguiente los indígenas observaron a los hombres blancos despojados de sus pesadas indumentarias y colocando con unción sobre un montículo de tierra un símbolo por ellos desconocido: la cruz. Para armarla, se habían servido del eje de la carreta; destruida en un gesto que decía mucho de su determinación a no abandonar el lugar. 

Desde entonces, indios y cristianos convivieron en aquel emplazamiento. Olayón ganó fama legendaria y la cruz que coronaba la tumba del capitán Allende se convirtió en un signo. Mansamente, la vida fue abriéndose paso en derredor. La llamaron “La Cruz del Eje”.

16.06.49
El mundo vivía en un estado de convulsión. La reciente guerra había dejado ecos difíciles de acallar y muchas ciudades europeas, reducidas a escombros, comenzaban lentamente a recuperar su fisonomía ante la magnitud del desastre.

Es el 16 de junio de 1949, y ese día, desde una hora muy temprana, el Consejo de Cancilleres debate sobre el futuro del planeta en un palacio parisino.

Esa misma mañana, en Osnabruck, Alemania, es detenido un ciudadano de esa nacionalidad que había huido llevándose el dinero que 500 compatriotas suyos le habían entregado con el fin de que les consiguiera los permisos de trabajo en Buenos Aires, a donde anhelaban emigrar. En los albores del siglo XXI, historia parecidas a esta se repetirían, pero en el sentido inverso.

Otras cosas no cambian demasiado: en Argentina, los matutinos de ese día informan que se continúa trabajando en el Ministerio de Economía en la elaboración del nuevo convenio con …¡Gran Bretaña!

Las carteleras anuncian el estreno de “Vidalita”, con Mirtha Legrand y Fernando Lamas y los críticos teatrales se desviven en elogios hacia “El águila de dos cabezas”, de Jean Cocteau, por la compañía de Lola Membrives.

En Córdoba, la legislatura jura la nueva constitución provincial, y a sólo 150 Kms de allí, en el depósito del ferrocarril de Cruz del Eje y ajeno a todo ese mundanal ruido, el operario Ramón Waldo González, nacido en Olta (La Rioja), trabaja envuelto en los vapores de una  locomotora. Cada vez que menciona su lugar de origen, le recuerdan que es del pueblo donde la cabeza del rebelde Chacho Peñaloza fue exhibida en la plaza pública cuando el país se despedazaba en cruentas guerras civiles.

Desde la puerta de una de las oficinas de la estación, un empleado agita los brazos para llamar su atención y al mismo tiempo le grita algo que él a la distancia no puede escuchar con claridad; de pronto intuye el mensaje y sale disparado hacia su bicicleta.

En una casa del barrio La Banda, Esther Pierotti, por cuyas venas corre sangre toscana de la bellísima Bagni Di Lucca, percibe que las contracciones que la aquejan son las finales. Este es su cuarto parto, por lo tanto debería estar tranquila, sin embargo, lo vive con una ansiedad de primeriza. Siente que ha llegado el momento; ya no le importa el dolor, su única preocupación es que llegue Ramón.

–¿Le avisaron?– pregunta con un hilo de voz, y una voz de mujer que no llega a reconocer, pero que imagina debe ser de la partera, le responde afirmativamente.

La bicicleta es pesada y avanza a duras penas. Van a ser las tres de la tarde cuando por fin llega a la casa, Ramón siente que el corazón se le acelera al oir desde la puerta de entrada el inconfundible primer llanto del recién nacido.

–Como es varón se llamará Mario– dice Esther, dolorida, pero feliz. –me gusta mucho.

–Y de segundo, Rubén –completa Ramón –…por Rubén Darío.     

Cierra los ojos y puede recordar con precisión el bullicio de las aulas, las baldosas rojas de las galerías, el amplio patio, las clases de música en el salón de actos y los dibujos en negativo en el pizarrón de la Escuela Pablo Pizzurno de Cruz del Eje. En su segundo año participó por primera vez en una fiesta de fin de curso. Le preguntaron si se atrevía a cantar, y les dijo que si, a condición de que le dejaran cantar una ranchera mejicana.

Esa misma tarde, al volver a su casa, se encerró con llave en una habitación que su padre acababa de levantar y que al estar vacía tenía una buena reverberación. Cantar allí se convirtió en una rutina diaria. Un día escuchó voces del otro lado de la puerta; hizo una pausa en el canto y la abrió de golpe: ahí estaba toda la familia cómodamente instalada y lista para escucharle. Día a día, la improvisada platea crecía, pero él mantuvo siempre la puerta cerrada con llave. Su éxito en la fiesta fue tal que a partir de ese día no dejó de cantar más.

Al cabo de siete años de buenos y leales servicios, le colgaron del cuello una medalla plateada grabada al dorso y una anciana del Rotary Club le hizo entrega de un ejemplar de “Corazón” de Edmundo D´Amicis. Era la recompensa a la que se había hecho acreedor por sus siete años de asistencia perfecta.  

La primera figura con la que tuvo la oportunidad de cantar fue el Chango Rodríguez.

En el verano del ´62, los jóvenes “Papi” Moreno y Orlando Tisano rumiaban sus respuestas al tedio bajo el incesante aleteo de los ventiladores del viejo Bar Español. Los dos amigos tenían algo en común: eran grandes aficionados a la música.

Aquella tarde del verano de 1962 transcurría tranquila, la radio de la cocina vociferaba un “rock´n roll” en castellano; quizá fueran los “Teen Agers” o The Crazy boys”. Aquella música frenética sacó del letargo a los dos amigos y les sugirió una idea loca:
–¿Y si armáramos un conjunto de rock acá?.

Hasta entonces, las formaciones musicales que animaban los bailes de Cruz del Eje seguían la fórmula de “típica y jazz”; la tentación de intercalar un conjunto rockero entre ambas era muy grande. Papel y lápiz en mano, escribieron una lista de posibles candidatos y al llegar al tema del vocalista, a pesar de mi edad, lo incluyeron. Cuando fueron al barrio dispuestos a sumarlo al proyecto, él cumplía con un rito diario: jugar a la pelota en la calle. El canto era para él como el fútbol callejero: un simple juego. Sospechaba que había algo más sacudiendo su instinto; pero entre otras muchas cosas desconocía la ambición y carecía de motivos para la rebeldía (uno de los fundamentos de estilo del rock). Ello se evidenció en su respuesta:
–¿Un conjunto de rock? ¡Me parece bárbaro! Pero les van a tener que pedir permiso a mis viejos.
 Cambió las rancheras mejicanas por el rock ´n roll. Su integración al conjunto marcó el comienzo de su primera transición. Se disponía a dejar atrás las ataduras propias de la niñez, para entrar de lleno en un territorio que tenía todo para seducir a un adolescente: mucha diversión y obligaciones mínimas. Los meses siguientes hicieron buena la decisión; la aparición de los “muchachos del viento”  polarizó la atención de la juventud.

Participó en varios concursos para aficionados en los medios cordobeses. El primero fue “Guitarreadas” (Radio Universidad), donde ganó tres guitarras criollas gracias al “aplausómetro”. Cuando regresó a Cruz del Eje cambió dos de las guitarras criollas por una eléctrica.

Luego fue el turno de Ronda de Estrellas, del Canal 12, un momento decisivo. Elio Trotta, productor del ciclo, le hizo cambiar de estilo, y guió con prudencia sus primeros pasos. El presentador Fabián Blázquez lo re-bautizó: Marito González. 
Sus permanentes viajes a Córdoba hicieron que su labor con los Twister´s fuera cada vez más intermitente.